lunes, 24 de junio de 2013

Cuentos



La fotografía

—Hace años decidí no volver a dejar que me tomaran una sola fotografía —dijo Roberto a la mujer que insistía al otro lado de la línea.
 —Por favor, maître. En la redacción del periódico me pidieron un retrato en el que esté usted trabajando y tengo que entregarlo para el número de mañana...
 —¿Cómo dijo usted, señorita?
 —Solamente déjeme retratarlo, maître.
 —Venga a las seis —dijo finalmente el pintor y continuó trabajando mientras la palabra maître rondaba en su cabeza.
 A las seis de la tarde sonó el timbre en la vieja casona. 

             —Lo busca Elianne, la fotógrafa de El periódico — le dijo Raquel, la señora de la limpieza.
             —Dígale que espere, llévela a la sala.
             Durante una hora Roberto siguió trabajando en una inservible pintura de tonos grises que no le interesaba en absoluto. Después cerró los ojos.
              Mientras esperaba, Elianne se acomodó en uno de los sillones y desde allí empezó a recorrer con la mirada cada una de las pinturas del maestro. La mujer vibró con aquellos cuerpos hermosos y jóvenes, con los trazos que hacían que cada una de las figuras femeninas terminara inundando cada lienzo. 
 En aquella muestra había pechos de distintos tamaños, caderas poderosas junto con otras breves, cabelleras largas cubriendo una espalda que se adivinaba suave y cabellos cortos que apenas acariciaban cuellos delgados, frágiles. La impresionaron las manos de una de las mujeres, los muslos de otra y la perfección del vientre de una más que estaba casi en el rincón del salón.

Cuando era Joven, Roberto vivió en París y fue realmente dichoso. En aquellos años sus pinturas eran fuertes y vigorosas. Además, las mujeres eran un deleite. No debía convencerlas, simplemente tenía que tomarlas de la mano y conducirlas a la cama. Le encantaba hacer sus retratos antes o después de hacerles el amor y también recorrer sus cuerpos con los dedos llenos de pintura. Finalmente, ellas se iban sin decir nada.
             Fueron años gloriosos, años en que su cuerpo respondía a su voluntad y sus manos se movían precisas, haciendo exactamente lo que él deseaba. 
             Pero llegó un momento en que las manos se fueron haciendo lentas, la vista se fue cansando y las mujeres no volvieron a su estudio. Decidió regresar a México y repetir sus andanzas valiéndose de un renombre que se iba agotando y de la fama que le dejaban los dibujos que hizo durante su juventud. El gusto duró poco. Después de unos meses se dio cuenta de que se estaba marchitando y esto lo hizo sentirse dolido, solitario y roto.
           
—Ya me voy, señor. Mañana arreglo su tiradero.
            —¿Y la femme?
            —Allí sigue, lo está esperando en la salita.
            El hombre salió con Raquel hacia el patio central y desde allí la vio alejarse por el largo pasillo. La mujer cerró la puerta con fuerza.
            —¿Está allí? —gritó el pintor con su voz gruesa.
            Elianne se asomó por la ventana y luego se aproximó a la puerta. Llevaba una mochila negra y un vestido azul de mezclilla con botones al frente.
—Pase por aquí —dijo él sin siquiera saludarla o disculparse por haberla hecho esperar.
            El estudio estaba desordenado. Había varios cuadros inconclusos amontonados en una de las paredes. Además, cinco caballetes alrededor de los cuales el hombre giraba intentando encontrar la idea que lo dejara satisfecho. Allí había también colores, pinceles y cepillos, y varios cuadernos que utilizaba para hacer sus borradores o apuntar las ideas que le venían a la cabeza.
            —Póngase allí —dijo secamente.
            La mujer sacó de la mochila un tripié y empezó a colocarlo. Mientras Elianne trabajaba, Roberto empezó a verla con más detalle. Era joven, tendría 30 años a lo mucho. El cabello le llegaba a los hombros.
            —Usted es hermosa —soltó Roberto mientras se acercaba a uno de los caballetes.
            —Gracias, maestro. Por favor, pinte lo que quiera.
Roberto sonrió por primera vez en mucho tiempo y colocó en uno de los caballetes un lienzo nuevo y recién curado. Los primeros trazos fueron firmes, vigorosos. Los hizo con la fibra de antaño.
            Junto con los trazos iniciales vinieron los primeros flashazos de la cámara. Roberto empezó a ignorar a la fotógrafa, aunque vio fijamente a la mujer.
            —Quédate un momento allí, no te muevas —le dijo con un tono más amable.
            —Pero...
            —Es sólo un momento.
            Hizo otros trazos rápidos que completaban el boceto.
            —Por favor, ven hacia acá.
La mujer se dejó llevar y el pintor la ayudó a que se colocara sobre un delgado manto que cubría la mesa de su estudio.
—Dame la cámara.
—¿La cámara?
—Sí, la cámara —dijo Roberto mientras deslizaba su mano hacia los botones del vestido— nada más relájate. No voy a tardar mucho.
Para el pintor fue delicioso desabrochar uno a uno los botones del vestido de la mujer. Frente a él se fue asomando un cuerpo joven y terso. Pronto Elianne estuvo en ropa interior y entonces él le pidió que se desnudara.
—Pero maître...
—Hazlo, luego me tomas todas las fotografías que quieras.
La mujer aceptó desnudarse y pronto estuvo ante él con su cuerpo delicioso.
Roberto regresó al caballete e hice otros trazos rápidos. Después se acercó nuevamente a la mujer. Tomó un poco de azul cobalto con el dedo índice y empezó a recorrer las caderas y las piernas de la mujer. Suavemente envolvió uno de sus brazos con otro color y empezó a teñir de sombras su ombligo y el pubis. Se detuvo en los vellos del sexo y los detalló con tonos ocres.
Inmediatamente regresó al lienzo. La pintura estaba adquiriendo forma cuando descubrió que ella cerraba los ojos. El pintor se hizo de un pincel, se deslizó hacia ella y empezó a acariciar los pezones de la chica con un tono dorado intenso, los vio erguirse y también notó que su piel empezaba a erizarse. Le encantó que ella mantuviera los ojos cerrados y le gustó distinguir su cuerpo meciéndose al compás de sus caricias de colores.
—Ese pincel es tan suave —dijo ella e intentó tomarlo. Roberto esquivó su movimiento mientras buscaba un pincel más grueso. Con él recorrió sus zonas más sensibles y fue de los labios a los senos y luego al ano.
—Siente los pinceles como una extensión de mis dedos, de mi pene —le dijo mientras la seguía acariciando con cuidado.
—No hables, no me digas a dónde vas. Sólo déjame sentir. Acerca el pincel a donde quieras.
Tomó otra vez los colores con sus manos y sintió la piel de la mujer bajo sus dedos. Combinó varios tonos. Le encantó escuchar cuando ella emitió un quejido y ver cuando curvó su cuerpo como si sintiera dolor o placer o placer y dolor.
Roberto sintió que el hombre que había sido antes había vuelto y regresó al lienzo a pintar. Nuevamente los trazos fueron firmes. Sus manos hacían lo que él les pedía. Combinó unos trazos fuertes con otros sutiles. El cuerpo de Elianne aún estaba en sus manos.
Mientras deslizaba el pincel le dio gusto pensar que la imagen que aparecería en el diario reflejaría su alegría y la fuerza renovada. Incluso quiso asomarse a un espejo para verse, imaginando algún prodigio. Pensó que su piel marchita tendría que tener de nuevo luz.
           Justo cuando estaba a punto de terminar sintió un nuevo flashazo inundando el estudio. La mujer, aún desnuda y con el cuerpo cubierto de colores, se desplazaba por la habitación haciendo su trabajo.
Luego Elianne puso la cámara sobre la mesa en la que antes estuvo posando y se acercó al maestro. Él le dijo que se acercara.
          —Aquí está el retrato que buscabas —dijo Roberto, quien tomó el lienzo que recién había terminado, y sonrió. El autorretrato lo mostraba joven, brillante y vivo.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Cuento

El departamento



Después de dos años de convivir y de compartir su música, la televisión y hasta sus discusiones y conversaciones por teléfono, un domingo por la mañana vi, con mucha tristeza, que los vecinos estaban sacando sus cosas. Me abandonaban. ¿Qué haría yo si al lado no había nadie con quien compartir la vida?

Mi departamento era confortable. Estaba bien para alguien como yo, un estudiante de esperanto a quien le bastaba con una recámara, una breve estancia, un pequeño baño y una cocina que se comunicaba, visualmente, con el departamento contiguo a través de ventanales que daban a un cubo de luz y un patio interior pequeño y lleno de flores.

Lo que todos consideraban el principal problema de aquel lugar era más bien su principal virtud: la delgadez de las paredes me permitía escuchar todo lo que ocurría al lado. Pero ahora ellos se marchaban y yo tendría que convivir con el odioso silencio.

Al principio las cosas marcharon relativamente bien. Hubo un par de meses en los que logré adaptarme al hecho de que nadie comiera, durmiera o caminara al lado de mi casa.

Afortunadamente eso no podía durar mucho tiempo y sentí algo que no podría ser sino felicidad cuando un sábado, a las siete de la mañana, un camión se detuvo frente al edificio. Me asomé a la ventana y vi como unos hombres bajaron, uno a uno, muebles, utensilios y enseres de quien llegaba al departamento contiguo. No tardé mucho en enterarme de algunas cosas.

—Dice la güerita que esa mesa la coloquemos junto a la ventana de su recámara.

—¿Para qué la querrá allí? Está bien pinche alta.

—Tú ponla allí, güey.

—Después de eso sólo falta la cama, mai. Y está bien pinche pesada.

—No, pus si le debe dar batalla.

Inmediatamente vi cómo sacaban las partes de la cama. El tambor y la cabecera eran de hierro forjado y estaban reforzados con piezas nuevas. El colchón me dio la idea de la dimensión de la cama. Era enorme. Todavía bajaron un espejo redondo, grandísimo.

Durante toda una semana siguió el silencio. Una tarde, mientras yo leía, alguien tocó a mi puerta. Dudé antes de abrir.

—Hola, soy Andrea, tu nueva vecina.

—Hola —dije secamente.

Andrea llevaba el cabello recogido en una cola de caballo que me permitió ver su largo cuello. Vestía una blusa ligera, sin mangas y tan ceñida que me hizo pensar que en realidad no era tan delgada como parecía a primera vista.

—¿Puedo servirte en algo? —le pregunté esperando que no dijera nada.

—No, sólo quería presentarme. Ya me voy.

—Espera —le dije en un acto casi de osadía.

—¿Dime?

—¿Tienes equipo de sonido?

—No, no tengo ningún aparato electrónico. Ni siquiera teléfono. No me gusta el ruido.

No le dije nada pero lamenté su respuesta. La nuestra sería una convivencia difícil. Al principio el silencio me exasperó otra vez. Sin embargo, para mi suerte, el vacío duró poco.

Una noche calurosa nos encontrábamos en la cocina de nuestros respectivos departamentos. Ella vestía una camisa de hombre y sólo había abrochado un par de botones. Era obvio que no llevaba brassier porque sus pechos se movían libremente cuando picaba un jitomate o un pepino. Yo no quería perturbarla y por eso bajaba la vista cuando creía que ella iba a mirar hacia el lugar en que yo me encontraba. Pero finalmente coincidimos. Me saludó con un gesto y sonrió. Al instante, completamente turbado, me fui a mi habitación. Un momento después regresé y sin prender la luz entré a la cocina porque quería una bebida. Cerré el refrigerador y estaba a punto de irme cuando me di cuenta que ella estaba en su baño. Me oculté lo suficiente para que no me viera. La mujer se quitó la camisa y pude ver sus pechos redondos y exactos. Luego se quitó el bloomer y quedó completamente desnuda. Sus piernas eran fuertes y bien torneadas. Era realmente hermosa. Se ató el cabello con una liga, se asomó al espejo para ver sus dientes y yo pude ver sus nalgas y hasta un tatuaje que llevaba al final de la espalda. Seguí tratando de ocultarme pero no estoy seguro de haberlo conseguido. Era posible que ella me hubiera visto pero siguió moviéndose como si nada, como si yo no estuviera allí. Abrió la ducha y luego entró a bañarse. Jaló la puerta corrediza pero gracias a que era transparente pude seguir viendo su silueta. Se enjabonó despacio, acariciando todo su cuerpo. Yo podía distinguir cómo sus manos recorrían sus pechos, su estómago, sus piernas. Mi erección no tardó. Ella se bañó un largo rato y yo empecé a masturbarme suavemente mientras ella seguía jugando con el agua. Alcancé a verla cuando salió de la regadera y empezó a secarse. Luego tomó un frasco de crema y empezó a untársela. De pronto los dos escuchamos que su puerta se abría. Ella pareció congelarse un momento y vio hacia donde yo estaba. No sé si pudo distinguirme pues yo creía que la penumbra me escondía. Pero por un momento se quedó estática, como si el juego hubiera terminado y ella se disculpara por no poder seguir en nuestro encuentro furtivo.

—¡Andrea, estoy aquí!

A partir de ese momento empecé a escuchar a la mujer todo el tiempo. Esa noche estaba yo a punto de dormir cuando la oí en su recámara.

—Así, así. Acaríciame las piernas.

—Eres tan hermosa, Andrea.

—Recorre mi vientre con tu mano. Sin prisa. Haz como si quisieras quedarte allí para siempre.

—¿Así te gusta?

—Así, sí.

Pude imaginarla mientras sus jadeos y gritos aumentaban. Ella debía estar completamente desnuda, debajo de él. Sus manos debían estar apretando una sábana o la almohada y su piel tendría que estar brillante, reluciente. Los ojos tendrían que estar cerrados y sólo de pronto debió abrirlos para verlo a él directamente.

—Muévete más, más rápido. Así, sí, así. Más, más, más. Ahhh.

Los rechinidos de la cama eran cada vez más fuertes y también en mis oídos estallaban sus jadeos. Pronto vinieron los gritos de ambos y el clímax. Luego empezaron otra vez. Yo podía escuchar sus besos y casi me era posible percibir sus lenguas juntándose ansiosas, palpitantes.

Esta vez hicieron el amor lentamente. Los gritos de Andrea se daban en oleadas. Era como si gritara para mí, como si me aconsejara, como si jugara también con mis sentidos. Yo escuchaba clarito cuando pedía “más, más, más”.

La turbación y también el deseo me hicieron levantarme mientras ellos continuaban su juego. Fui a buscar un vaso de agua y justo cuando iba a salir de mi cocina vi que la luz de su baño se encendía. Era como si me hubiera estado esperando, como si deseara que yo llegara allí en ese momento. Pude ver que Andrea tenía la piel perlada de sudor. Llevaba el cabello suelto. Le llegaba a media espalda. Me gustó la manera como su pelo brillaba esa noche y la forma en que empezó a acariciarlo mientras se veía en el espejo. Vi una vez más sus muslos y pantorrillas. Y la vi cerrar sus ojos como si sintiera un nuevo orgasmo. Yo empecé a acariciarme. Dejé caer mi short y empecé a frotarme con fuerza.

Ella empezó a lavarse las manos y luego se detuvo en el cancel de la puerta, justo frente a mí. Yo, como la otra vez, tenía la luz apagada. Fue como si me regalara ese momento. Siguió acariciándose el cabello y luego rozó sus pechos, su abdomen y su pubis. Pude ver sus vellos rizados y espesos. Se tocó lentamente mientras yo jalaba cada vez más rápido. Ella cerraba los ojos cuando ambos escuchamos el grito.

—Andrea, vente ya.

Abrió los ojos y fue como si me desafiara. Justo en ese momento empecé a vaciarme.

La siguiente noche sucedió casi exactamente lo mismo. A las diez él empezó a acariciar a Andrea y yo empecé a escuchar sus jadeos y súplicas. Su “más, más, más”, se convirtió en rutina de todas las noches. Yo escuchaba el momento cuando ella iba al baño y a veces hasta la acompañaba mientras se duchaba. Ellos hacían el amor y yo me masturbaba cada noche. Cuando ella se bañaba yo incluso imaginaba que enjuagaba su espalda, que le acariciaba el cuello muy lentamente o que mi lengua empezaba a recorrer sus axilas y sus brazos. Hasta llegué a pensar cómo sería la espesura de su pubis entre mis labios.

Los días pasaron pero una noche, justo cuando ella iba a ir al baño y yo a la cocina, él le gritó.

—¿Por qué te vas, Andrea? Quiero que te quedes aquí, conmigo. Quiero seguir oliendo tu piel.

—Sólo es un momento, espérame.

—Es que a veces hasta te bañas y eso no me gusta. Me da la idea de que te estás limpiando.

—No, no es eso, cómo crees. Simplemente me gusta alejarme un momento.

—Pues yo no quiero que te alejes. Quédate aquí.

Ellos siguieron discutiendo y aunque después pareció que se reconciliaban, las diferencias fueron en aumento. Yo no sabía qué hacer. Quería decirles que no pelearan, que sus pleitos no valían la pena. Pero claro, no abrí la boca. Solamente seguí escuchando.

Todavía hubo unos pocos días en que hacían el amor también en las mañanas. En esos días Andrea no iba al baño pero gritaba más fuerte, como si quisiera que yo la escuchara con mayor intensidad. En esos momentos yo no podía estudiar porque ella jadeaba como una loca. Sus gritos me excitaban completamente. Empecé a fisgonear por la mirilla de la puerta y cuando él se iba yo iba a mi cocina, a ocultarme, para ver si ella pasaba por allí.

Finalmente, rompieron. La discusión empezó por una tontería, por algo que realmente no valía la pena. Hubo muchos gritos aquella tarde. Él le dijo de todo pero ella tampoco pareció tener muchos deseos de defenderse o de evitar que él se fuera. Al contrario, todo parecía indicar que ella lo incitaba a que se marchara. Yo sufrí mucho al escucharlos. Hubiera debido intervenir pero estaba congelado en un asiento de mi sala. Casi no pude más cuando escuché el portazo. Unos minutos después sonó el timbre de mi casa. No quise moverme.

Ella insistió y empezó a tocar la puerta con sus manos.

—¡Ya estoy libre! —dijo y siguió golpeando la puerta una y otra vez.

Al otro lado, con mi espalda apoyada sobre la puerta y a punto de empezar a llorar, yo me preguntaba cuánto tiempo tardaría ella en encontrar un nuevo amante y cuánto tiempo demoraría esta vez el agobio de la soledad terrible que provoca el silencio.

Cuento

Alondra


Entré a la casa, aventé las llaves sobre la mesa y, mecánicamente, accioné la grabadora del teléfono. La voz de Iván sonreía: “¿Van a hacer algo especial esta noche? Háblennos”.

Me dirigí a la habitación. La casa estaba hecha un desastre: había colillas dispersas de cigarros, varios vasos sobre la mesa del comedor y platos sucios. En el sillón de la sala había una camisa —no sé de quien— y junto al piano varias copas de vino a medio beber.

Avancé por el pasillo, subí las escaleras y allí encontré el orden de siempre: mis pantuflas junto a la cama, el periódico colocado sobre la mesa de noche y la cajetilla de cigarros. Encendí uno y me dispuse a leer.

—¿Escuchaste el mensaje de Iván? —preguntó Gabriela, sin saludarme antes, desde el fondo de la otra habitación.

—Hoy no quiero ver a nadie —dije secamente. No dije que me interesaría ver a Alondra, pero no a Iván, su marido.

—No seas así, son nuestros amigos. En un instante lo arreglo todo y les hablas.

Empecé a leer el periódico como si Gaby no hubiera dicho nada. Pensé en Alondra. Recordé el día aquel cuando nos visitaron para una fiesta y me quedé un rato conversando a solas con ella y descubrí que tenía la mirada triste, quejumbrosa.

Aquella noche me platicó de una novela que estaba leyendo y la resumió tan bien que me perdí en sus ojos. Hubo un momento en que tuve el deseo de darle un beso y casi lo hice. Ya habíamos cerrado los ojos y yo estaba rozándola cuando entró alguien al saloncito en el que nos encontrábamos y nos interrumpió. Nos reímos torpemente y luego seguimos hablando de la novela sin que ninguno de los dos se atreviera a reiniciar el encuentro, no en ese momento.

—Háblale a Iván —me dijo ella cuando estuvo en el umbral de la puerta—. Dile que vengan a vernos, nos tomamos una copa y conversamos. Anda, no seas apático —dijo como anticipándose a un posible rechazo.

—No sé, no estoy seguro. Iván no termina de agradarme.

—Háblale, ¿qué puede pasar?

Busqué el número de Iván y Alondra. En la agenda lo escribí en la “A”, de ella. Empecé a marcar el número con desgano. Respondió la mujer. Oí su voz alegre, me reconoció de inmediato lo cual me dio gusto.

—¿Fernando? ¿Oyeron nuestro mensaje? ¿Qué hacen hoy? ¿Podemos llegar un rato a su casa?

Mientras hablaba recordé la vez que fui a visitarlos a su casa. Alguien me abrió y entré por una puerta excesivamente estrecha que daba a un pasillo oscuro que se abría de pronto a un patio luminoso, lleno de flores. Allí estaba Iván, con su cámara, y al centro del patio estaba Alondra, completamente desnuda, posando. Ella era una estatua, una perfecta estatua griega. Llevaba una corona de laurel y a sus pies estaba una túnica transparente que seguramente le había servido antes.

—¡Quítate ese cabello de la cara, chingada madre! —dijo él, antes de darse cuenta que yo estaba allí. Ella se acomodó el cabello y se me quedó viendo con sus ojos tristes. Luego sonrió y él se dio cuenta. Vi su turbación pero luego me sonrió y me sugirió que entrara a la sala, que él estaría conmigo en un momento. Avancé por el pasillo sin dejar de verla.

La sala estaba perfectamente acomodada. Había detalles de un gusto exquisito. Saqué un cigarrillo y empecé a rozarlo con mis dedos cuando entró Iván con los brazos abiertos. Ella entró detrás, con una bata blanca y los ojos fijos en el suelo. La mujer se disculpó y corrió a darse un baño.



—Pensamos que podríamos ir a tomar una copa a alguna parte. ¿Qué te parece? —preguntó Alondra.

—Aquí nos vemos, para ir en un solo auto. ¿A las diez?

A las diez y media sonó el timbre de la casa. Me levanté con cierto desgano a abrirles la puerta. Alondra estaba bellísima, llevaba un saco de piel, una blusa gris de cuello alto, una falda corta de mezclilla y unas botas que la hacían verse más alta todavía. Sonreía. Iván llegó con el pelo alborotado. Nos dimos un abrazo fuerte. Luego bajó Gabriela con su locuacidad de siempre.

Tomamos una copa de vino antes de salir. Iván hablaba de varias cosas. De vez en cuando besaba en el cuello a Alondra, a quien descubrí viéndome sin mucho disimulo. Yo hacía lo mismo.

Nos fuimos en el auto de Iván. Yo iba con Gaby atrás, tomados de la mano. Desde mi asiento, veía las piernas de la mujer de Iván. Ella parecía intuirlo porque jugaba con ellas y se volvía hacia mí sonriendo.

Entramos a un bar oscuro y agradable. Había dos pequeñas mesas vacías, un murmullo soportable y, de fondo, música de Ravel.

Jalé un banco y me senté frente a Iván. Alondra quedó a mi derecha. Él siguió hablando de su reciente viaje a Madrid, de programas de televisión que lo entretenían, de cierto equipo de futbol... Gabriela le seguía la corriente y yo buscaba hacer que mi pierna se encontrara con la de Alondra. Pronto coincidimos.

—¡Ya me fastidié de que no te animes a hacer las cosas! —dijo Alondra mientras yo dudaba si retirar mi pierna o no.

—No te preocupes, amor —dijo Iván, retomando una plática a la que yo no había puesto atención. —Esto lo vamos a hacer.

—Todas las parejas tenemos problemas —les dije como no queriendo dar importancia al exabrupto. Lo importante es conversar, tener confianza en el otro, encontrar las salidas juntos y no tomar decisiones unilateralmente.

Mientras decía esto, apoyé los codos sobre mis rodillas bajo la mesa y, lentamente, empecé a buscar las piernas de Alondra. Estaban cerca, muy cerca.

—Lo importante es estar de acuerdo —insistí— llegar a consensos, platicar las cosas. Es como si yo le preguntara algo a Alondra, para saber si quiere que siga haciendo algo... si ella dice sí, pues adelante, pero si dice no, lo mejor es detenerse. ¿No crees eso, Alondra?

—Sí, claro, estoy de acuerdo. Si, sí...

Mis dedos empezaron a deslizarse hacia sus muslos, los sentí firmes y generosos. La falda lo facilitó todo, sentí la suavidad de su piel y empecé por tocar lentamente sus rodillas. Mis manos hacían círculos suavemente, mientras sintonizaba mis ojos con los suyos.

—Pero bueno —dije— ¿no sé si debo seguir comentando esto que es tan de ustedes?...

—¡Sigue, por favor, sigue —confirmó Alondra.

Empecé a decir varias tonterías mientras mi mano derecha avanzaba lentamente de los muslos a la humedad de Alondra. La mesa era pequeña, lo suficiente para que yo estuviera cerca y mis movimientos fueran casi imperceptibles. Por fin llegué a su pubis. La mujer no traía calzones. Pronto sentí la textura de su vello. Ella se acomodó más en el banco para dejarse hacer. Mis dedos empezaron a enjuagarse en sus primeras muestras de deseo. Nuestros ojos se encontraban brevemente mientras yo seguía hablando sin siquiera saber de qué.

—No, eso si que no —dijo Gabriela—. Está bien que compartamos distintas cosas, que tengamos gustos diferentes, pero yo si creo que el hombre le debe poner más atención a su mujer. A mí me encanta que tú me busques todo el tiempo, Fer.

Me di cuenta que casi había metido la pata, justo cuando había entrado mi dedo.

—Yo creo que lo que dice Fernando es interesante, quiero seguir escuchándolo —dijo Alondra ya dominada por el deseo—. ¡Sigue, sigue!

En ese momento dudé si lo mejor era seguir jugando con mis dedos o sugerir una graciosa huida al baño.

—Yo creo que hay que profundizar en esto, dijo Iván. Y creo que sí sería oportuno hacer ver...

—¡No! —dijo Alondra, francamente excitada —espera a que termine Fernando, quiero terminar de escucharlo.

—Sí, dijo Gabriela, yo también quiero escuchar lo que tiene que decir. Déjalo.

Sonreí, Gaby sonrió. Estiré mi mano hacia ella y empecé el mismo juego que hacía unos segundos había iniciado con la otra mujer. Ahora, mi mano izquierda era para Gabriela y la derecha para Alondra. Las dos mujeres cerraban los ojos, hacían como que seguían el compás de la música, luego los abrían y, disimuladamente, sonreían. Iván decía incoherencias, yo estaba caliente. De pronto, justo cuando la humedad de las dos se volvía espuma, sentí una mano que empezaba a buscar mi pene. En ese momento, vi las manos de Gaby y de Alondra sobre la mesa, mientras Iván arrastraba secamente: “ahora me toca opinar a mí”.

jueves, 3 de mayo de 2012

El escritor

Ayer conocí al escritor. Él bebía un café y, cuidadosamente, hojeaba un periódico. Imaginé que sería imprudente interrumpirlo, así que seguí revisando su último libro, El tesoro que nadie busca.

Lo estuve observando. Pensé que en alguno de los breves momentos cuando interrumpía su lectura y tomaba un sorbo de café, podrían encontrarse nuestras miradas. Dos veces pareció que concidíamos, pero ante sus ojos, era como si yo me hiciera transparente y su mirada buscara lo que había a mis espaldas. Cogí su libro, el periódico, mi cuaderno, los cigarros y lo abordé.

—Es un gusto conocerlo —le dije con aplomo. Él dirigió sus ojos hacia mí y extendió la mano.

—¿Y quién soy yo? —me preguntó.

—El escritor, ¿quién más? —Noté que sonrió ligeramente. Hizo un ademán para que me sentara.

—Y ahora que te decidiste a hablarme, ¿qué querés saber del escritor? —me preguntó exagerando su acento.

—Quiero saber qué va a escribir mañana —se quedó en silencio.

—Mañana no voy a escribir nada —dijo finalmente con gravedad. Tuve que decirle que no entendía.

—Es fácil —explicó con un tono de voz grueso—. En primer lugar, yo no escribo, sino contesto. ¡Sí!, lo que yo hago es responder a otros. Mi trabajo es eso: veo una película y me hace pensar. Leo un libro y quiero dar mi versión, explicar cómo interpreto las cosas, recorrer el mismo laberinto pero visitando pasillos distintos y entrando a puertas diferentes. No importa si logro salir o no; es más, a veces quisiera quedarme atrapado. Mi vida es así: aprovecho lo que los otros hacen y me divierto llevando a todos a creer que finalmente encontré una idea nueva o que estoy contando algo que flota en mi cabeza. En segundo lugar… —empezó para luego detenerse, reflexionar un poco y finalmente continuar, remarcando cada palabra—. Mirá, te lo voy a decir francamente: ya estoy extenuado de seguir con lo mismo. Es bueno que ya sepás la respuesta a ver si me dejás de fastidiar. Lo que te acabo de decir es pura retórica, es la respuesta que siempre te tengo lista. La verdad es que la vida es una repetición constante y por eso no hay futuro, como tampoco hay mañana... Los momentos vuelven eternamente y ayer y mañana estaremos otra vez vos y yo sentados aquí hablando de lo mismo, como si fuera nuevo, aunque en realidad lo que comentemos ya sea viejo e inútil y yo, al final, te diga lo mismo que te dije ayer y que te diré siempre. Mañana no escribiré nada, porque mañana es hoy y porque hoy es ayer, mañana y siempre. Vos no lo sabés ni lo entendés porque todo lo olvidamos, pero así es.

El escritor se levantó precipitadamente, como si hubiera recordado algo, como si un guión le dijera que tenía que marcharse. Apenas alcancé a escuchar sus últimas palabras. Se fue sin despedirse.

Pobre loco, pensé. Dejé a un lado El tesoro que nadie busca. Abrí mi cuaderno, y empecé a escribir un poema: El futuro y la esperanza.

Leí en el periódico las noticias del día anterior y sonreí pensando que al día siguiente iría a la playa con una mujer a quien había conocido la tarde previa y con la que, a lo mejor, podría construir un pedacito de ese futuro que el escritor quiso negarme.

Me sorprendí cuando la mujer a la que conocí la víspera —exactamente como la primera vez— se me acercó con cautela y, como si no me conociera, me preguntó si podía sentarse con migo mientras esperaba a alguien que, esta vez, tampoco llegó. Hablamos de una serie de cosas que yo ya sabía. Después de pensarlo un poco, me preguntó si querría acompañarla a la playa el día siguiente...

viernes, 7 de enero de 2011

Cuento

La traductora de italiano


El mensaje llegó como muchos otros: “Currículo de la licenciada Anunciata Rossi, traductora de italiano”. Después venían los datos de siempre.

Una vez más, respondí recurriendo al machote: “Le agradezco haberse comunicado con nosotros. Tomaremos sus datos y si tenemos necesidad de sus servicios, la llamaremos”. Firmé y me dispuse a olvidar el asunto.

A los pocos minutos sonó la campana de Eudora avisándome que había recibido un nuevo mensaje. Lo abrí. En el asunto leí: Re: “Traductora de italiano”. Luego venía el mensaje en el que la “licenciada Anunciata Rossi” decía que me agradecía el haberle respondido tan pronto y que esperaba que, efectivamente, necesitáramos sus servicios en un futuro próximo.

Me quedé pensando un momento y le respondí otra vez. Le dije que para nosotros era un gusto que nos escribiera y nos tomara en cuenta, etcétera. Al final mis dedos lanzaron: “¿qué te parece si terminamos con los formalismos y tú dejas de firmar como ‘licenciada’ y yo escribo simplemente ‘Emiliano’?”.

La idea le gustó y escribió otra vez. Así empezó la vorágine.

Hasta el día que escribió Anunciata, siempre me pareció que mi trabajo era aburrido. Llevo cinco años respondiendo la correspondencia que llega a la empresa. Por lo general son currículos, cartas de presentación, boletines informativos, algunas quejas. Al principio, yo trabajaba con una máquina de escribir eléctrica. El proceso era un poco más lento: tenía que abrir los sobres, clasificarlos y luego leer las cartas y responder.

En esa época trabajaba conmigo Jaime, un muchacho que llegaba todos los días hasta mi escritorio y depositaba todo lo que había llegado el día anterior y se llevaba las respuestas que yo había escrito. Después Jaime se fue y llegó la computadora. Tuve que aprender a usarla y luego me familiaricé tanto que el trabajo se hizo monótono.

En esa monotonía estaba cuando escribió la italiana. Sus correos empezaron a sucederse uno tras otro. Había momentos en que parecía que chateábamos. Al principio fueron trivialidades. Ella me decía que estaba aburrida de la vida que tenía, que se sentía desesperada por encontrar un trabajo, que su esposo la tenía harta porque la celaba demasiado, que sus hijos estaban por terminar la escuela y no sabía que haría con ellos durante las vacaciones, que tenía que salir porque debía comprar las cosas para la comida...

Cuando ella desaparecía yo me concentraba por un momento en mis tareas habituales y conversaba con algunos compañeros que de vez en cuando llegaban hasta mi cubículo a compartir un cigarro o una taza de café. Sin embargo, la verdad es que todo el tiempo estaba pendiente del momento en que sonaría la campana. Cuando leía “Re: Traductora de italiano”, me extraviaba de mis ocupaciones y volvíamos a “platicar” un buen rato.

El remolino creció cuando yo le dije que escribía cuentos. Me pidió que le enviara alguno. Le mandé uno decididamente erótico. Se lo envié y no tuve respuesta. Poco después pregunté si lo había recibido y me dijo que no. Incluso me recriminó pues había comprado una botella de vino y estaba solamente esperando mi escrito para sentarse a disfrutarlo en la sala de su casa.

Por alguna razón, el condenado cuento no se fue. Pero eso dio la oportunidad para que mis dedos le dijeran que me gustaría compartir el vino con ella, que sería una buena oportunidad de conocernos mejor. Así seguimos. Mis manos empezaron a envolverla. Juro que mientras escribía no pensaba. Es más, una y otra vez mi cerebro me decía que me detuviera, que ya no era necesario seguir con eso, que debía atender mi trabajo, que para qué le buscaba cinco pies al gato. Mi cabeza me sugería recordar a mis tres hijos, a mi esposa, mi casa clasemediera y mis miedos de toda la vida. Pero los dedos se desplazaban con mucha rapidez, era como si no obedecieran. Sencillamente escribían, sencillamente seguían respondiendo a la italiana.

Por fin se fue el cuento. Me devolvió un comentario que me gustó: “Me mojaste con la historia”. Otra vez los dedos reaccionaron. Cuando leí la respuesta pensé que era suficiente, que debía dejar las cosas hasta allí, que de todos modos nunca tendría la posibilidad de conocerla y que este era sólo un juego absurdo y sin destino. En vez de hacer eso, ellos le mandaron otro escrito, esta vez sobre la seducción:

Entiendo la seducción como un arte, como la forma de persuadir a alguien a hacer algo o a sentir algo. La seducción es, por tanto, una acción, no una forma de ser. Es la concreción de un proceso que puede conducir a una aventura o a un abismo (o a ambos o a ninguno).

La seducción de la mujer, es sutil pero feroz. Ella tiene todas las herramientas para quebrar fortalezas, para franquear obstáculos. Lo terrible, lo encantador, es que ella lo sabe, no es ignorante a sus encantos sino que los maneja.

La seducción se convierte entonces en un juego de poder, en un encuentro en el que los jugadores se presentan con una serie de armas ocultas y otras a la vista. La seducción es un desafío, una explosión de vida.

Me gusta que la mujer tome la iniciativa, que sea ella la que seduzca. Su estrategia, entonces, se convierte en un laberinto y en un inquietante desafío.

La seducción de la mujer debe ser tenue; no siempre es directa. Me encanta que la mujer me desafíe. Todo empieza por la vista, unos ojos brillantes llamando a los míos, es la mejor manera de entrar: la seducción inicia por la vista.

Entonces vendrán las miradas intensas; la ola estalla contra la roca o la arena, o se mezcla. Si la ola se desliza por la arena, empezará todo. Entonces lo rico, lo lúdico, es que ella empiece a jugar con sus sentidos para incitar los míos: una risa sutil, apenas perceptible, unos labios que se mueven para mostrar la lengua, ese músculo que lo domina todo.

La mujer debe seguir entonces y aceptar los ojos que no se desvían. Deberán venir movimientos más intensos, provocadores. La mujer seduce al despedir su sensualidad sin freno y al saber y manejar el poder que tiene.

Me gusta la sensualidad de una mujer que a la distancia reprocha mi lejanía y me gusta que me llame sin decir palabra; es más delicioso si utiliza los dedos.

Ya después, podrá venir lo cercano. El paso está dado, la seducción se ha concretado: el hombre camina desvalido siguiendo la huella de un cuerpo que lo llama, que lo excita que le provoca fuego y lava y calor e infierno.

Me gusta que la mujer lleve la iniciativa y que siga así, que controle los movimientos y llame e invoque al mal o a la gloria.

Se lo mandé sin pensar. De hecho lo escribí sin pensar. Las palabras fueron saliendo solas, deslizándose en la pantalla con una velocidad asombrosa. Si alguien en ese momento me hubiera preguntado qué escribía le hubiera dicho que nada; y era cierto, en realidad no controlaba el contenido, sencillamente algo brotaba en la pantalla. Así, sin pensarlo, le di “send” al mensaje.

Pronto respondió Anunciata: “me encantó lo que enviaste. Debo confesar que me has seducido”. El seducido soy yo, respondieron mis dedos. Me dijo que todavía le quedaba vino y me invitó a tomar una copa. Todo era virtual pero mis manos respondían como si fuera cierto, como si la tuviera enfrente.

Cada vez que apagaba la computadora la calma volvía y entonces reflexionaba. Pensaba que era mejor dejar las cosas hasta allí. Llegué a mi casa y escribí una carta. Le decía que había sido emocionante encontrarla pero que creía que ese juego no podía continuar, que tenía mucho trabajo acumulado, que ojalá pudiéramos hablar una vez para despedirnos. Le escribí todo lo que es razonablemente prudente para un hombre como yo, casado y con el peso colosal de una familia tradicional, absorbente y castrante que jamás me perdonaría ninguna locura.

La carta quedó bien así que la llevé a la oficina. Pero cuando quise enviarla, en lugar de eso surgió en la pantalla: “Me gusta jugar con la imagen de recorrer tu cuerpo con mis dedos y conocer todas tus pecas, todas tus ondulaciones, todos los rincones que se ocultan del sol y de la noche”.

A los dos minutos respondió. Dijo que estaba encantada, que nuestro encuentro le parecía mágico, que le daba vergüenza pensar que todo fuera una fantasía, que quería conocerme, que teníamos que vernos, que ya no aguantaba más, que yo la tenía enganchada con las palabras, que no le importaba cómo era mi apariencia y que si no hacíamos el amor esa misma tarde, ella colapsaría, se volvería loca.

Sin pensarlo le respondí que sí, que las palabras tenían que borrarse para dar lugar a los cuerpos. Estaba sudando y mis ojos no alcanzaban a ver las palabras, parecía que éstas surgían solas.

Después de varios mensajes convenimos en vernos. Fijamos un lugar, una hora. Ella me dijo cómo hacer para reconocerla. Dijo que llegaría con un vestido azul que le llegaba hasta los muslos y una bufanda naranja para cubrir un poco el escote agresivo. Así lo dijo.

Me sorprendí cuando fui con mi jefe y le dije que me sentía mal, que necesitaba salir temprano porque tenía que ir al médico. A mi mujer le dije que tenía trabajo acumulado, que me enviarían a una sucursal para resolver los pendientes, que no me esperara despierta. Mi boca hablaba, yo no era capaz de controlarme o contradecirme.

Llegué hasta mi coche y enfilé hacia el punto del encuentro. Iba excitado. Pensaba que debía dar vuelta hacia otro lado, que lo mejor era no continuar mi camino, que luego me arrepentiría, que después del engaño siempre hay dolor y que alguien termina sufriendo. Pero mis manos se enfilaban sin dudas y con una certeza que yo no les conocía.

Cuando estuve a una calle de distancia empecé a avanzar más lento y finalmente el coche se detuvo. Mis ojos alcanzaron a distinguirla, no estaba muy lejos. Era una mujer hermosa. El cabello negro brillaba profundo, luminoso. La piel dorada se alcanzaba a ver tan suave y atrayente que sentí la erección enseguida. Las piernas estaban allí, fuertes, deliciosas. Pensé que bien valía la pena acercarse y ver qué pasaba, que total, se vive una sola vez, que la carne es débil, que estaba yo casado pero no castrado, que después de eso podríamos separarnos y que si, como ella decía, yo ya la había envuelto de tal manera que era necesario que hiciéramos el amor, lo único que tenía que hacer era protegerme. Me decidí. Incluso pensé una frase “célebre” para el momento del encuentro.

Abrí la puerta. Ella me vio, me desafió con la mirada y sonrió. Yo me quedé pasmado. No sabía qué decir. Mis dedos, esos sí, jugaban en el volante y en la palanca de velocidades. "Si estuvieran en el teclado", pensé… Arranqué el auto y, sin decir palabra, me dirigí hacia un hotel próximo. Mis dudas seguían, pero ya estaba con ella y ella era una diosa. Pensé muchas cosas mientras hacíamos el breve recorrido. Sin embargo, no dije nada. Mientras tanto, mis dedos seguían bailando. Me di cuenta de que ella los veía una y otra vez. Sonreía, pero seguía en silencio.

―Aquí no ―dijo con firmeza.

―¿No te gusta?

―No sirve. ―Dobla a la izquierda. Allí hay otro hotel y ese tiene lo que necesitamos.
Entramos. En la recepción, tomé la pluma y, automáticamente, escribí “Señor y Señora Rosi”. A ella pareció gustarle porque me dio un beso en la mejilla.

―¿Cuántos días se hospedarán con nosotros? ¿Los ayudamos con sus maletines?

No supe qué decir. Ella dijo enseguida: “Un día. No, gracias”.

―Subimos al elevador y empezamos a observarnos en el espejo. Nuestras miradas se cruzaban y luego se perdían más allá de los reflejos. Ninguno dijo nada. De pronto, nos vimos a los ojos y sonreímos, nerviosos. Ella pareció advertirlo y entenderlo todo. No reclamaba, y yo tampoco lo hacía; mi mirada era parecida a la de ella. Mis dedos temblaban; era como si quisieran gritar. No pude articular ni una palabra, hasta llegar al piso ocho.

―Vamos.

Le di una generosa propina al botones. Entramos tomados de la mano. Mis dedos acariciaron cada espacio de sus dedos, de las palmas, de sus falanges. Besé una de sus manos y fui a la cama. Ella me regaló una sonrisa y fue a la mesa de noche. Su lap era idéntica a la mía. Nos conectamos enseguida. El mensaje de Anunciata llegó implacable :

“¿En qué nos quedamos?”. Respiré, por fin, aliviado. Supe que mis dedos, a partir de ese momento, se encargarían de todo.

sábado, 7 de marzo de 2009

El infierno

Traspaso la nueva compuerta y me encuentro en un salón iluminado por un candelabro dorado que está situado sobre una mesa enorme y llena de adornos. Desde la altura por la que me deslizo, puedo ver a dos mujeres que conversan. No puedo entenderlas; casi no tendré tiempo para fijar otro detalle de la escena. Si acaso, en un parpadeo, alcanzo a distinguir sus vestidos extravagantes, con grandes escotes y colores brillantes. Justo cuando veo sus pelucas absurdas y los ojos desorbitados de una de ellas, empiezo a penetrar el tapiz verde de la pared y, junto al dolor que me causa atravesar el muro, siento el olor nauseabundo con el que me arrastro sin descanso, desde hace cientos de años y en distintas épocas, por castillos, bosques, jaulas o criptas.

Sin que haya explicación ―en este abismo no es posible entender nada― aparezco en la habitación de un niño que retoza en su cuna con un juguete. Va a tocar una de las figuras de plástico cuando, de pronto, se detiene y fija su mirada en el punto de la pared por la que voy pasando. Me acompaña durante el breve instante que estoy con él y va a perderme de vista justo cuando me escabullo en el techo blanco, flanqueado por estrellas centellantes. Primero se van mis piernas, como si me fuera sumergiendo. Luego sigue mi torso. Estiro mi mano, como si pudiera alcanzar al chico, y cuando empiezo a desaparecer, como tragado en arena movediza, el niño empieza a llorar con rabia, como si hubiera perdido la atención de su madre. El dolor me atraviesa de la cabeza a los pies y el tufo me impregna nuevamente.

El vuelo sin fin me lleva hacia una pocilga en la que alguien es azotado. Creo que no puede haber ningún grito más terrible, hasta que el desgraciado que sangra alcanza a verme y pide la muerte para no seguir observando más sombras. La pared de roca no me contiene y pronto estoy flotando ante dos amantes que jadean. Él la monta. Ella tiene los ojos cerrados, pero los abre un momento, sólo para que sus pupilas dilatadas se sorprendan por la aparición inexplicable. “Es la bestia”, dice y me señala con el índice, como si su dedo fuera una flecha y como si pudiera traspasar mi podredumbre con la lanza.

Nada ni nadie parece poder frenar mi caída, el desenfrenado viaje que no termina. No lo es, pero yo quisiera creer que se trata de la búsqueda inacabada por encontrar un sitio del cual asirme, una rebanada de algo que me permita parar en algún sitio, porque quiere creer que este infierno no tiene que durar para siempre y que algún día podré por fin pudrirme del todo, para que los gusanos puedan comer de mis entrañas y darme la paz que ya no encuentro, la tranquilidad absoluta que, ahora estoy seguro, sólo da la muerte.

martes, 6 de enero de 2009

Cuentos. La caja negra

Entré al vagón del metro y me encontré con la mirada de un hombre que me dio escalofrío. Era una mirada penetrante y dura, vacía.

En lugar de alejarme, como cualquier hombre sensato hubiera hecho, me senté en un lugar que me permitía verlo sin ser estorbado. Desde luego, yo también dirigía mi mirada hacia otras partes, hacia otros pasajeros o hacia la calle que ya se asomaba en ese tramo del trayecto a mi casa, pero el hombre no dejaba de observarme, era fácil sentir sus ojos.

Conforme fuimos avanzando, yo tuve la posibilidad de verlo un poco más. Vestía de negro, era delgado. El cabello lacio, ralo y desalineado le caía sobre la frente y los hombros. Tenía la piel pegada al rostro, como si no hubiera comido en días.

Sólo después de un momento advertí que el hombre estaba sentado sobre una caja. Era una caja negra, común y corriente. Justo cuando advirtió que yo estaba viendo la caja empezó a golpearla suavemente. Me seguía viendo pero no parecía querer decirme nada. En ese momento me di cuenta de que no parecía siquiera que me estuviera viendo a mí, pues su mirada era como si me traspasara, como si mis propios ojos no tuvieran sentido para él, ni mi presencia.

El vagón, poco a poco, empezó a vaciarse. De pronto me di cuenta de que ya sólo quedábamos seis o siete pasajeros. Pensé en moverme, en salir corriendo, pero no pude. Era como si me hubiera quedado estancado o suspendido en ese asiento. Empecé a sentir más frío y hubo un momento en el que me dio la impresión de no estar escuchando nada, ni el ruido de la calle ni el sonido del vagón ni las voces de mis compañeros de viaje.

El hombre seguía viéndome, o traspasándome con la mirada. Y yo seguía allí, congelado. Empecé a preguntarme qué llevaría la caja, qué sería lo que allí transportaba aquel extraño que parecía tener el poder para que yo no pudiera moverme.

Quise pensar en cualquier otra cosa, quise recordar lo que había hecho aquella mañana, lo que me había ocurrido en el trabajo, pero no había nada sino oscuridad. Ni un recuerdo ni una referencia de nada. Ni una conversación ni una imagen difusa. Nada. Sólo existía ese momento, solamente este instante que ahora parecía detenerse y alargarse.

De pronto me di cuenta de que hacía un rato largo que avanzábamos sin llegar a ninguna estación. Pero nadie parecía alterarse. Era como si mi tiempo se hubiera trastocado, como si mis referencias estuvieran rotas. Yo no sabía qué había ocurrido, pero entendí que desde que vi a aquel hombre, algo había cambiado.

Por fin entramos a una estación del metro. El tren empezó a frenar lentamente. Cuando se detuvo completamente, el hombre se puso de pie. Era muy alto. Yo quedé, una vez más, atrapado en sus ojos. Me señaló con su dedo índice y luego señaló la caja, como si dijera algo. Entonces salió del vagón y empezó a alejarse. Las puertas del metro se cerraron y yo me dirigí hacia la caja. Vi a mis compañeros de viaje pero a ninguno parecía importarle lo que a mí me ocurría o lo que hacía.

Quise empujar la caja con un pie pero no se movió. Me agaché, la observé de cerca y la abrí. Respiré un olor fétido, nauseabundo. En el interior estaba la cabeza del tipo al que yo había visto. Al principio cerré los ojos, pero rápidamente los abrí, pues me di cuenta de que yo no sentía el miedo que se apoderó de mí cuando vi al hombre la primera vez. Observé el interior de la caja y corroboré que la cabeza era la de él, pero el rostro no se veía tan delgado ni demacrado. Ni siquiera los ojos abiertos eran tan penetrantes como los del otro, los del que estaba vivo y se había ido hacía un momento. Incluso el cabello brillaba.

Me volví hacia los lados, como pidiendo la ayuda de mis compañeros de viaje, pero nadie parecía siquiera verme. Ya no me extrañó cuando la cabeza giró hacia mí y habló.

—Ahora te toca a ti —dijo y cerró los ojos y empezó a sufrir alteraciones en los pómulos, en la barbilla, en la frente...

De un impulso cerré la caja y me senté sobre ella, como queriendo evitar que alguien viera lo que había dentro o lo que estaba sucediendo. Fue un impulso que no sé explicar. Era como si sintiera que lo que estaba dentro me pertenecía y debía protegerlo.

Sentí todavía más frío y de pronto vi como mis manos se hacían cada vez más frágiles y delgadas. Yo seguía sentado y no iba a moverme de allí por ahora.

Al llegar a la siguiente estación entró al vagón una mujer que me observó y pareció congelarse. Se sentó casi frente a mí. Yo no dejé de verla ni un momento. Cuando me di cuenta de que se fijaba en la caja, le di tres golpes suaves y empecé a preguntarme cómo se vería mi rostro dentro de la caja, y cómo me vería yo ahora que estaba a punto de salir del vagón para entrar, muy despacio, a la nada.
(Fotografía Miguel Flores)